“Somos observadores. Somos soñadores.
Nuestro ego humano nos lleva a pensar que estamos en la cima, pero ni siquiera sabemos de qué.”
CLAUDIO “BABAYALIEN” CAZARES.
Abordar el tema del libre albedrío y el determinismo es, sin duda, uno de los debates más especiales de nuestra existencia, y de manera particular, la mía. Todas las corrientes filosóficas, científicas y religiosas han intentado resolverlo: desde el determinismo de Spinoza frente al indeterminismo de Sartre, hasta el reduccionismo genético de Dawkins o la emergencia creativa de Kauffman. Sin olvidar el versus que hace hervir mi sangre: el Demonio de Laplace frente al misticismo de la mecánica cuántica.
A pesar de tantas ideas, nuestro cerebro primitivo sigue sin poder resolverlo.
Personalmente, defiendo el determinismo absoluto. Con la convicción de un laplaciano, creo que todo está determinado por causas previas, sin dar lugar a una elección real. Cada acción determina la siguiente, en una cadena aparentemente infinita.
Es aquí donde aparece Joaquín Fuster y su libro Neurociencia para ponerme en jaque.
Fuster argumenta que el libre albedrío existe, pero lo hace desde una perspectiva de compatibilismo. Para él, la corteza prefrontal —la joya de la corona evolutiva— nos otorga libertad porque nos permite elegir entre un “menú” de opciones. Esta es una forma sutil de decir que estamos condicionados, pero que dentro de esos límites tenemos margen para decidir.
Mi pregunta inevitable es: si estamos condenados a elegir entre opciones ya preestablecidas, ¿dónde está la verdadera libertad? Fuster puede decir que son infinitas, pero lo infinito dentro de un marco sigue siendo una limitación. La acción de elegir una opción es, en sí misma, un borde.
La neurociencia compatibilista de Fuster se basa en la idea de que, a más conexiones, más plasticidad, y más opciones, más libertad.
El argumento es que nuestro cerebro nos permite elegir de menús cada vez más amplios, pero, a fin de cuentas, siguen siendo menús. Por muy extensa y cómoda que sea la jaula, sigue siendo una jaula. Y desde ahí, creemos que hemos llegado lejos, que somos libres. Pero en el fondo sabemos que lo que va a pasar, va a pasar.
Sin embargo, hay en la corteza prefrontal una chispa que me atrae: la posibilidad de verla no como una cima evolutiva, sino como un borde hacia una singularidad futura.
Mi propuesta es la de cuatro grandes singularidades, no como una línea de tiempo lineal, sino como saltos cuánticos de la existencia. Cada una representa un punto sin retorno donde las reglas del juego cambian por completo, y lo que existía antes no podía, en ninguna circunstancia, imaginar o predecir lo que vendría después.
1: Primera Gran Singularidad: El Big Bang
* El Antes: Un punto de densidad infinita, sin espacio, sin tiempo y sin materia. No había leyes de la física, ni conciencia, ni nada que pudiéramos reconocer. Era la nada, pero una nada con potencial.
* El Después: El nacimiento del universo. De ese punto primordial emergen el tiempo, el espacio, la energía y la materia. Se establecen las primeras leyes de la física, el universo se expande y se enfría, dando lugar a los elementos que formarían estrellas, planetas y galaxias. Es el paso de la no-existencia a la existencia física. La singularidad que lo inició todo.
2: Segunda Gran Singularidad: LUCA (Last Universal Common Ancestor)
* El Antes: Una sopa primordial de moléculas orgánicas y química inorgánica. Átomos, enlaces, reacciones aleatorias. La materia obedeciendo a las leyes de la física y la química sin un propósito aparente más allá de la entropía.
* El Después: La materia se organiza de una manera inédita y extraordinaria. De pronto, la química inanimada se auto-replica. Surge la vida, la química con propósito. No solo existen los átomos y las moléculas, sino que estos comienzan a crear estructuras que tienen una finalidad: sobrevivir y reproducirse. El “antes” no podía sospechar que un conjunto de lípidos, proteínas y ácidos nucleicos daría lugar a la vida misma.
3: Tercera Gran Singularidad: La Corteza Prefrontal
* El Antes: Una vida biológica impulsada por instintos, supervivencia y reproducción. La evolución es un mecanismo ciego, que selecciona los rasgos que mejoran la adaptación. Los animales existen en un presente constante, sin conciencia de un pasado complejo o de un futuro lejano. Son esclavos del estímulo y la respuesta.
* El Después: Un salto en la complejidad. La vida desarrolla una estructura cerebral, la corteza prefrontal, que le otorga la capacidad de la mente, el lenguaje y la conciencia del futuro. Por primera vez, un ser es capaz de nombrar, de simbolizar y de planificar. Podemos decir “qué pasaría si…” y crear escenarios mentales. El animal instintivo se convierte en un soñador y un observador. No es libre, pero su jaula se ha vuelto inmensamente más grande.
4: Cuarta Singularidad: El Libre Albedrío Auténtico
* El Antes: La condición humana. Mentes brillantes y sofisticadas que, a pesar de su lenguaje y su autoconciencia, siguen atrapadas en una “libertad operativa”. Elegimos entre opciones, pero esas opciones están predefinidas por nuestra biología, nuestro entorno y nuestras experiencias pasadas. La mente es una herramienta limitada por el borde del sistema.
* El Después: La culminación de la evolución. El verdadero salto que ni siquiera podemos concebir. El libre albedrío auténtico no es una opción más en el menú, es la disolución del menú mismo. Es la superación de los bordes mentales que nos limitan. En este estado, no hay causa y efecto, no hay sujeto y objeto. Es la conciencia liberada de toda restricción, la energía misma hecha conciencia. En este estado de “pura voluntad”, es donde se encuentra la verdadera libertad, la consumación de la evolución.
Cada salto es un antes que no podía imaginar el después. LUCA no podía sospechar lo que la corteza prefrontal permitiría, así como nosotros no podemos sospechar lo que hay tras un libre albedrío verdadero.
Somos animales que aprendieron a nombrar, y al hacerlo, a creer que dominamos. El lenguaje nos dio la ilusión de control: bordes, categorías, causas y efectos. Opciones cada vez más detalladas que a ratos confundimos con libertad.
El libre albedrío no es un músculo que se entrena o una corona que la corteza prefrontal nos ha colocado. Si el libre albedrío auténtico existe, no será un menú más amplio, sino la disolución total de cualquier idea que represente un borde. Es la culminación de toda evolución. Es la resolución de la energía misma hecha conciencia. Un solo “ente”, un verdadero Demonio de Laplace o, para una cultura más popular, lo que llamamos DIOS.
Mientras nos basemos en bordes como principio/fin o causa/efecto, lo más que podemos tener es libertad operativa: elecciones dentro de una jaula.
Aceptemos que somos parte del proceso, no su culminación. Seguiremos siendo observadores y soñadores, y afortunadamente humanos, que es donde radica nuestra propia singularidad. Curiosos, inquietos, siempre buscando más allá de los límites, aunque por ahora, todavía esclavos del borde. No nos queda más que pensar, filosofar y seguir soñando en poder ser libres.
Claudio “Babayalien” Cazares.
Ilustración: Rafael Romero Barros. Still life with oranges. 1863.

