El honor en las causas muertas. Miguel Alfaro. ALGO.

Recuerdo a mi médico caminando por un pasillo del hospital, había terminado su turno hacía más de una hora. Los monitores seguían sonando detrás de las puertas cerradas y el personal de la noche comenzaba a ocupar su lugar. Antes de irse, se detuvo enfrente de nuestra sala. Nunca me nombró. Mencionaba más el diagnóstico. En aquella sala éramos más cercanos a nuestros diagnósticos que a nuestras historias.

Sabía perfectamente que él estaba ahí.

Sabía también que el tratamiento había llegado a su límite.

No quedaban procedimientos por intentar, ni medicamentos capaces de cambiar el desenlace. La enfermedad había ganado mucho tiempo atrás; únicamente faltaba que mi cuerpo y los documentos alcanzarán su conclusión.

De sorpresa abrió la cortina de mi cama, entró, saludó. Me realizó algunas preguntas sencillas: mi nombre. La fecha. El lugar donde estaba. Después me explicó que llegaría un día en que responderlas dejaría de ser posible.

Al final su mirada se fijó en mí, perdí la noción del tiempo que no me percaté en qué momento se había ido.

Antes de desayunar pensé:

– ¿Por qué había vuelto si ya no podía ofrecerme nada?

– ¿Por qué permanecer cuando el resultado estaba decidido?

Vivimos en una época que nos enseña a calcular. a medir, a convertir los esfuerzos en probabilidades y las pérdidas en cifras. Las derrotas se transforman en estadísticas. Ahora los duelos deben resolverse rápido y lo que no promete una recompensa suele ser abandonado.

Sin embargo, existen personas que permanecen y siempre me he preguntado qué las sostiene. No creo que sea la esperanza, la esperanza pertenece al terreno de lo posible, de aquello que no se viste de negro.

Pero hay momentos en los que ya no queda nada por esperar, hay momentos en los que la derrota está asegurada y, sin embargo, alguien permanece. Quizá porque existe algo más importante que vencer, quizá porque hay cosas que pueden perderse y otras que no.

Las causas muertas tienen esa extraña capacidad de revelar quiénes somos, mientras existe la posibilidad de triunfo, siempre queda la sospecha de que luchamos por la recompensa. Pero cuando la derrota es segura, sólo permanece aquello que verdaderamente importa.

Por eso algunas derrotas poseen más humanidad que muchas victorias.

Quizá lo más triste sea que algunas verdades nacen demasiado cerca de la muerte. Aparecen entre el sonido de los monitores, la bata del médico y la cama del paciente. Son reflexiones que parecen pertenecer únicamente a esa habitación y que rara vez consiguen salir de ella. La mayoría muere donde nace, llevándose consigo algo valioso sobre lo que significa ser humano.

Miguel Alfaro. ALGO.

Ilustración: The Agnew Clinic. Thomas Eakins. 1889.

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