¿Cuánto dura una gota de lluvia?
¿Un segundo?
¿Un instante suspendido entre la nube y el océano?
¿La breve distancia entre el nacimiento y el regreso?
Cae la gota.
Cae la gota cruzando el aire con un sonido tan pequeño
que acaso nadie lo escucha.
Tal vez canta.
Tal vez reza.
Tal vez recuerda el mar del que alguna vez salió
cuando era niebla, espuma o horizonte.
Y cuando llega,
¿quién podría distinguirla?
¿Quién señalaría una gota entre millones
y diría “esa es aquella,
la que descendió esta tarde
desde una nube errante”?
El mar no guarda nombres, el mar los recibe.
Entonces me pregunto
¿Cuánto dura una vida?
¿Setenta años?
¿Ochenta?
¿O apenas el tiempo que tarda un alma
en recorrer la distancia
entre el misterio de su origen
y el misterio de su destino?
Quizá somos gotas.
Pequeñas, luminosas,
creyéndonos separadas mientras caemos,
defendiendo nuestros contornos,
nuestro nombre,
nuestros recuerdos,
sin advertir que toda corriente
conduce hacia la misma inmensidad.
Y al final,
cuando termine la caída,
cuando el último viento nos abandone
y el último reflejo del sol desaparezca sobre nuestra superficie,
nos fundiremos.
No para dejar de existir,
sino para existir de otra manera.
Ya no seré yo.
Ya no serás tú.
Seremos el río y el océano,
seremos la lluvia y la nube,
seremos la memoria y el canto.
Seremos aquello que siempre fuimos
sin saberlo,
una sola agua
soñándose dividida.
Y entonces comprenderé (comprenderemos)
que la eternidad no consistía en permanecer intactos,
como gotas aferradas a su forma,
sino en entregarnos por completo
al infinito mar del ser,
donde nadie desaparece,
porque todo se vuelve Todo.
Palomino.
Ilustración: Paul Gustav Fischer. Fire on Kultorvet, Copenhagen. 1900.
