Altar. Palomino. 

He levantado un altar con piedras cansadas 

 en la orilla del mundo, 

 no para que bajes, 

 sino para saber que miras. 

He guardado el pan y el vino, 

 he aprendido a esperar sin promesas, 

 pero si me pides lo que más amo 

 no sé si mi fe alcanzaría el cuchillo. 

Solo así se aprende el peso 

 de nombrar a Dios sin temblar. 

Nos cerraron el huerto por querer saber, 

 por morder la pregunta antes del tiempo, 

 y desde entonces caminamos erguidos 

 como quien finge no extrañar la sombra. 

Dicen que la eternidad comienza después, 

 pero yo la presiento en ciertos instantes: 

 cuando tu nombre calma el ruido, 

 cuando el miedo se sienta a descansar. 

Nadie vuelve igual tras cruzar la frontera, 

 nadie trae mapas del otro lado, 

 por eso habitamos esta tierra 

 como si fuera ensayo y sentencia. 

Mientras tanto vagamos, 

 con el cielo a ratos tan cercano 

 y el infierno tan doméstico, 

 preguntándonos si no nacieron juntos. 

Tu voz tibia, tu forma de quedarte, 

 ¿no son ya una promesa de salvación? 

 Por eso cerramos los ojos juntos, 

 esperando que el juicio 

 nos encuentre dormidos 

 y tomados de la mano.

Max Palomino.

Ilustración: Hendrick Goltzius. Portret van een theoloog. 1585 – 1590.

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