Agonía en la cama 7 de Urgencias. Miguel Alfaro. ALGO.

En el sofocante espacio en el que me encuentro ahora en estas horas de la madrugada donde los recuerdos y los miedos quedan a merced de los minutos del reloj y las gotas del ron en mi cuerpo vuelven escenas que no pido recordar, una película que se repite sin cesar en un cine exclusivo de la nostalgia.

En ellas aparecen encuentros con lo nombrado, con los gestos mesurados y con lo que se silenció sin paliar. Un gesto de lo maldito del ser humano, de ese túnel ligado a la sangre que nos recorre.

Desearía que fuera otra imagen, siempre es el mismo recuerdo o será mi imaginación. Recuerdo sólo sus ojos llenos de ira, como nunca los vi antes, como nunca los volví a ver jamás. A la par del recuerdo pienso en esos años donde sólo se esperaría estar presente a tiempo de las reuniones de maestros, de los eventos sin importancia de la familia, esos bautismos, esos santos que muchos no les vemos la gracia; al contrario, me encontraba al pendiente como gallo al amanecer de no cruzar la puerta ni un minuto antes ni un minuto después; todo el tiempo contado por un ser que no conocía nada más que su pestañeo de humanidad y su silencio guillatinezco.

Puedo apostar que no se quedó deseante de un conflicto entre nosotros, ese desencuentro sin resultado alimentaba nuestra relación, un dedo que tapaba el sol, dejando pasar las palabras litigantes de demanda ante lo que no encontraba en mi persona y la comparativa de un futuro sin cursar con el pesado pasado tan presente en los días de agosto.

Mi cuerpo, ahora, en un hospital relajado por los medicamentos que puso la enfermera Cindy, me hacen hablarlo así, como nunca mi conciencia me lo permitió , quizás y solo quizás , en el mismo espacio donde él llegó en sus últimos días me hiciera pensar en él; en esta misma sala, donde de adolescente no entendida el peso del diagnóstico, de la máquina que ha formado parte de mi cuerpo y de los largos tiempos de espera cuando uno se encuentra despierto en la sala de urgencias, los ruidos espontáneos de las alarmas, los llantos de los familiares y las enfermeras cenando garnachas en la madrugada sin la voz de los doctores, hablando de la jefa de enfermería y su próxima jubilación. A dos camas de la suya me pregunto si él tenía más o menos conciencia que yo en aquellos momentos.

Las batas blancas pasan con sus sábanas preguntonas tomando nota de todo lo que dice el médico de cabecera; la trabajadora social me dice que mi hija ha llegado y se encuentra desesperada de verme; seguramente para regañarme mientras llora al lado de la cama. Mi hija, siempre ha sido una llorona, odio cuando me contagia sus lágrimas, tan asquerosas de ver; cómo decir adiós cuando lo que uno menos quiere es irse, me acostumbre a aguantar las lágrimas de cualquiera, excepto de mi niña.

Los doctores me dicen que mañana entraré a quirófano, el mismo al que él entró y no salió con vida, he firmado un contrato conmigo mismo y he declarado que no volveré a ganarme, he pecado de tocarle las pelotas a la muerte, ya no tengo la fuerza que antes, he envejecido, no sólo me lo dicen mis arrugas, sino, que en cada pliegue de mis manos se cuentan una historias entre ellas, ya distorsionadas por las benzodiacepinas que tanto disfrutaba en mi juventud y ahora me tienen como muerto en vida.

Ya me estoy durmiendo, mis párpados bailan de 9 a 3; pienso con mi hija y mis nietos regañándome por llegar tarde otra vez. Mientras me voy durmiendo, recuerdo las manchas de mi perro que tuve en la niñez. Esas bolitas me parecen tan tiernas ahora que siento que pronto lo volveré a ver.

Miguel Alfaro. ALGO.

Ilustración: Paula Rego.

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