Virgen de los Buenos Aires. Emilio Cabral.

Buenos Aires cambió. Siempre estuvo ahí, inmutable, imperturbable, pero el rock en español dejó de vibrar; en su lugar, el tráfico, el claxon y los motores fatigados de los autos sustituían cualquier melodía. La literatura también se desvaneció, como aquella vez en que Alfonsina se entregó al mar: se fue con la espuma, se perdió en la sal.

Todo se volvió irritable, insípido, y cuanto existía se desvanecía. La Virgen de los Buenos Aires me abandonó a la deriva, como a un sevillano perdido en el mar; extravié la brújula, extravié mi sendero. El cielo, ennegrecido, me negó las estrellas, y la luna no era más que un satélite errante que se desplazaba sobre la ciudad.

Me cansé de escuchar, me agoté de leer. Me perdí en la marea de una ciudad descomunal, y su encanto se disipó, así como Alfonsina con el mar.

El corazón se cerró, se endureció ante la crudeza de aquella verdad. Permanecí atónito, frío, desconsolado y, aun así, ciego frente a lo evidente; yo mismo no me permitía aceptarlo. Simplemente lo dejé pasar.

Entonces te vi cruzar… y Buenos Aires volvió a brillar. Te escuché hablar, y la vida comenzó tímidamente a iluminarse. A lo lejos empecé a oírlo; quizá siempre estuvo ahí, pero yo solo lo dejé pasar. Cerati volvió a sonar. Tal vez nunca se había ido; solo lo había dejado de escuchar. Su compás murmuraba —como un mal chiste o una sublime coincidencia— “me contengo de amarte más… hasta volver a volverte a ver”. Alcé la mirada hacia el cielo buscando su opacidad, y las nubes cedieron apenas lo suficiente para apreciar la luna una vez más. Giré la vista, y las paredes se poblaron de cuadros; una copia barata de Caravaggio parecía cobrar vida, rodeada de grafitis, letras torcidas y un rótulo envejecido, con la pintura descarapelada. Todo aquello, en su imperfección, volvía a respirar.

Yo, que me creía un hombre endurecido, un cuerpo lleno de cicatrices y antiguas heridas, descubrí, de pronto, que solo era alguien profundamente sentimental.

Tomé mi cartera de la mesa y corrí tras ella; dejé la cuenta sin pagar. Ella volteó, me sonrió, extendió la mano… pero nunca detuvo su andar.

He seguido corriendo desde entonces, intentando alcanzarla. ¿Será la vida quien decida si algún día me esperará? ¿O simplemente desaparecerá?

Buenos Aires nunca cambió; simplemente me alejé. Pero si la vida es generosa, si las estrellas se dignan a mostrarse una vez más, quizá, y solo quizá, la podré alcanzar.

Emilio Cabral.

Ilustración: Aire. Adriaen Collaert.

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