Contradicción. Palomino.

Entre más crezco, más me doy cuenta de que no soy una línea firme, sino una historia que se escribe y se borra al mismo tiempo. Hay capítulos que me enorgullecen y otros que preferiría arrancar, pero están ahí, formando parte de lo que soy, aunque a veces duelan. Y es curioso: mientras más intento definirme, más descubro que vivo en una especie de territorio intermedio, un lugar donde conviven certezas frágiles, silencios que pesan y sueños que todavía no sé si son míos o apenas están naciendo.

He aprendido que soy contradicción. Y no solo en lo que siento, sino también en lo que espero de mí mismo. Hay días en los que despierto con una claridad luminosa, convencido de que entiendo lo que quiero; horas después, algo tan simple como un recuerdo o un gesto ajeno puede desordenar ese aparente equilibrio. Y ahí estoy, intentando comprenderme otra vez, recogiendo pedazos que creía que ya encajaban.

A veces pienso que la vida es un espejo que nunca refleja lo mismo dos veces. Me veo distinto según el día, según la herida, según la esperanza. Algunas tardes me siento capaz de todo, y otras me cuesta incluso reconocer mi propio reflejo. ¿Quién soy cuando nadie me mira? ¿Quién soy cuando me quedo a solas con mis pensamientos, sin público, sin papeles que interpretar, sin expectativas que cargar?

En esos momentos íntimos, cuando el ruido baja y solo queda el peso suave del silencio, me doy cuenta de que la búsqueda de uno mismo no es un camino recto. Es más parecida a caminar en una casa oscura: toco las paredes, tropiezo con muebles que no recordaba, avanzo a tientas tratando de no golpearme con los bordes. Y, aun así, avanzo. Porque algo dentro de mí sigue diciendo que vale la pena llegar a ese espacio donde finalmente pueda descansar y decir: aquí estoy, este soy yo… por ahora.

Lo más curioso es que la contradicción también guarda una belleza secreta. En mis dudas encuentro una sensibilidad que no sabía que tenía. En mis miedos descubro una valentía que solo aparece cuando el corazón se tambalea. En mis inconsistencias descubro partes de mí que antes rechazaba y que ahora comienzo a abrazar despacio, con torpeza, pero con un cariño nuevo.

Creo que crecer es eso: aprender a abrazar a la persona que fui, sin avergonzarme; aceptar a la persona que soy, aunque a veces me confunda; y permitir que la persona que seré llegue a su propio tiempo, sin exigencias. Crecer es escuchar mi voz interna y descubrir que no siempre habla claro, pero siempre intenta ser honesta.

Y mientras más camino, más entiendo que la pregunta “¿quién soy?” no se responde con una frase elegante ni con una identidad perfecta. Se responde despacio, con cada elección, con cada renuncia, con cada error que me enseña algo que no hubiera aprendido de otra manera. Se responde en las noches en las que me siento perdido y, aun así, sigo adelante. Se responde en los instantes en los que me sorprendo siendo mejor de lo que pensé que podía ser.

Somos contradicción porque estamos vivos. Somos contradicción porque seguimos buscando. Porque el corazón cambia, se rompe, se recompone, y vuelve a latir con la misma fuerza. Y en ese vaivén, en ese ir y venir interno que a veces cansa y a veces ilumina, encuentro una verdad que me acompaña: no tengo que tenerlo todo claro para ser auténtico. Puedo ser proceso, puedo ser duda, puedo ser construcción.

Y quizá, al final del día, lo más íntimo que puedo decir es que sigo aprendiendo a ser yo… incluso en mis contradicciones. Que sigo buscándome, aunque no siempre sepa dónde encontrarme. Que me sigo descubriendo, incluso cuando pensé que ya me conocía del todo. Y que, en esa búsqueda, en ese camino imperfecto, también voy encontrando paz.

Max Palomino.

Ilustración: Desconocido. Jean-Francois Martin.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *