Crecer es un verbo que no termina nunca. Miguel Alfaro. ALGO.

Ya no soy un niño. Y, sin embargo, nunca lo fui del todo. Desde pequeño me urgía crecer, como si la seriedad, la supuesta paz, que pensaba que tenían los adultos me diera un lugar que no encontraba entre mis pares. Mi papá solía decirme: “eso lo hablaremos después, todavía estás joven”. Y ese “después” se convirtió en un horizonte que parecía inalcanzable, hasta que el 13 de abril de 2019, la posibilidad se iba a ir con ella junto a su carne en llamas.

La niñez no siempre fue dulce. En la primaria y la secundaria me tocó cargar con el deseo del otro por ponerse en una posición que me sometía, y yo creí que era la de ser entre iguales: burlas hacia mi persona y los míos, empujones, silencios que herían más que los golpes. Aprendí a endurecer la piel demasiado pronto, convencido de que cuando creciera todo sería distinto. Crecí con esa idea en la garganta, incomunicable, porque no tenía ni con quién expresarla más que con mi reflejo, intentando llorar, cuando me recriminaba por ser frágil. Diciendo las peores ofensas y fantasías que uno quería decirles a los demás, pero las depositaba en mí, como un ejercicio de poder tener el control en algo, para que los que me lastimaron no me lastimaran más, sino para poder lastimarme a mí, desde lo que yo suponía, era poder y libertad.

Llegar a los 18, casi 19, fue un salto al vacío. Me mudé a una ciudad desconocida: sus calles eran un laberinto sin mapa, sus rostros ajenos me recordaban a cada paso que yo era un extraño. Llorando, recordando a mi familia y por un futuro que no veía Posible. Pero, poco a poco, esa ciudad se volvió parte de mí. Fui construyendo un hogar con sus esquinas, con los amigos que encontré, con los instantes que dejaron huella. He ido formándome a través de ella y de las personas que la habitan.

Hoy, terminé una de las carreras y espero ser nombrado por uno o más títulos. Tengo mis propios muebles, he amado y también me he equivocado. Cada año podría contarse por las veces que perdí sentido, que me caí y tuve que armar de nuevo lo que soy. Y aunque la adultez parecía ser la meta, lo único que he encontrado es que nunca se llega del todo: uno vive en tránsito, siempre aprendiendo, siempre reconstruyéndose.

Ya no soy un niño, pero tampoco ese adulto completo que alguna vez imaginé. Tal vez crecer sea justamente eso: aprender a vivir entre la nostalgia de lo que se fue y la incertidumbre de lo que aún no llega.

No quiero volver a ser un hombre ni ser un Prometeo. Trato, a veces sin ganas, de poder ser alguien en este mundo, de ser alguien para mí, pero con el sentido que ahora encuentro con otros, ya no más solo.

Somos habitantes de un umbral: criaturas hechas de melancolía y de esperanza, de lo que hemos perdido y de lo que aún buscamos.

Miguel Alfaro. ALGO.

Ilustración: Joseph Wright of Derby. An Experiment on a Bird in an Air Pump. 1768.

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