Ya pasaron 27 minutos desde que escribí el último mensaje. Dejé pasar un par de días. Juro que no sé cómo pude aguantar dos días sin hablarle, pero hice lo que me pidió. Respeté en contra de todas mis fuerzas los dos días que me pediste no buscarte. Lo hice. Mientras lo pienso, veo mi rostro reflejado en el teléfono que sostengo con mi mano izquierda. Me veo mal – pienso-, pero no quiero ir ahí, no quiero agregar otra razón para darme cuenta porque no me contesta.
Intento levantarme de la cama, pero sólo lo intento, si evito hacer estiramientos y “ejercicio”, tal vez pueda quedarme en cama treinta minutos más. Vuelvo a revisar los mensajes, aun nada…
El teléfono hace un pequeño ruido, eso indica una notificación de que alguien me quiere contactar, sé que la notificación de la app de la cual estoy esperando respuesta, no hace ese sonido, pero aun así desbloqueo apresuradamente el teléfono, esperando que sea su respuesta. Pero en cuanto veo la pantalla, puedo ver claramente que tengo un crédito autorizado por cien mil pesos, aunque por milésimas de segundo suena bien, no es lo que quiero en este momento, menos ahora que nunca.
Intento distraerme con la televisión. Me rehúso a creer que estoy escuchando que mataron a una familia completa, incluyendo madre e hijos y yo sólo pueda pensar en porque no me contesta. Bloqueo (sin mucho esfuerzo) todas esas imágenes, toda esa tragedia, para enfocarme en lo que verdaderamente importa, en mi “tragedia”, por decima vez vuelvo a revisar nuestra última conversación, como interactuamos, analizando minuciosamente como se dijeron las cosas, veo que dijiste algo acerca de que yo era asfixiante y que eso no te gustaba, pero nada grave, nada que no se pueda arreglar, sólo necesito que me contestes y sabré que todo va a estar bien.
Por fin como puedo me levanto, siento que me duele todo el cuerpo y pienso ¿porque a mí? perdón, pero no puedo evitarlo, por mi mente pasan pensamientos de personas que no pueden caminar, que no tienen piernas o que viven con dolores insoportables, pero no, me niego a pensar en eso, este es mi dolor y lo necesito, necesito volver a preguntarme ¿porque a mí? Necesito la maldita y ridícula compasión, esa que tienen los desvalidos, esa que tienen los recién nacidos, esa que tienen los moribundos, si, esa que sienten los moribundos, porque yo, siento que me muero.
Con mucha dificultad, pongo agua a hervir con la intención de prepárame un café y con pesadumbre y todo, busco pan o galletas, porque si alguien en este momento se merece ser consentido, soy yo.
Vuelvo a tomar el teléfono, porque puede ser que en los veinte segundos en los que lo perdí de vista, haya sonado… pero no, aun no hay nada.
Me preparo mi café y me siento frente a la mesita del comedor, esa mesa vacía de objetos, solo adornada por mi café y por la enorme pieza de pan que elegí. Antes de el primer bocado, me vuelvo a cuestionar: ¿Cómo espero que me busque? ¿Cómo espero que piense en mí? O que tenga recuerdos agradables cuando me la paso tragando pan, fumando y metiéndome toda la cerveza que se atraviesa en mi camino, no me cuido y el ejercicio que hago es nulo comparado con mi forma de destruirme. A mí tampoco me gustaría alguien flaco, flaco con una enorme panza colgante. Maldita sea, no puedo creer que estoy pensando en esto cuando debería estar echándome porras, si es que quiero que me conteste.
Vuelvo a revisar el teléfono, y de paso, revisar conversaciones anteriores, esas donde me decía que le gustaba mucho estar conmigo, que ya quería que fuera viernes para salir, esas donde me decía que muchas veces pensaba en mi…
Me tengo que meter a bañar, aunque eso signifique que tenga que abandonar mi teléfono por varios minutos, arriesgándome a que me mande un mensaje y viendo que no contesto rápido, lo elimine y nunca sepa lo que me quería decir.
Me baño en 3 minutos y sin secarme por completo, salgo, esperando encontrar esa respuesta que tanto necesito.
Salgo y ahí está, es una notificación y es de su parte, mi corazón empieza a latir con una fuerza desaforada. Pido en silencio que sea un mensaje positivo, que sea un “te amo” es mucho pedir, pero un “te extraño”, sería lo legal.
“Dame chance, hablamos luego”. Ese es el mensaje. Eso es todo. No sé que pensar, parece malo, muy malo, Pero no del todo, por lo menos contestó, seguramente esta haciendo mil cosas, yo quien soy para disponer de lo que hace con su tiempo. Pero para poner cuatro palabras, pudo haber sido “Hola bebé, hablamos luego”. ¿Qué le costaba? ¿es mucho pedir?, ¿Quién se cree?
No le voy a contestar, ahora le toca quedarse con la maldita duda.
Lo hubiera leído sin abrirlo, eso sería peor, que vea que ni siquiera me importa su pinche mensaje… No, no, no, estoy pensando desde el enojo. Se tomó la molestia de escribir y dice que lo hablaremos luego, eso no es malo. De hecho, es bueno. Si quiere hablar, es un buen signo, lo hablamos y se aclara todo y podemos volver a estar como antes, como cuando empezábamos.
“Te extraño, en cuanto puedas y quieras, espero tu mensaje y lo hablamos, sin presión, sin que sea molesto para ti”. Esta muy largo, mejor solo “si, cuando puedas”, es corto, como el que mandó y ya. Pero se va a sacar de onda y va a pensar que estoy enojado y yo solo quiero arreglar las cosas. No, así todo completo esta bien. Enviar. Espero que tenga el teléfono cerca y lo cheque pronto ¿Me habré visto muy desesperado? No, esta bien. Mientras todo se arregle… Vale la pena.
Armando Castro Contreras.
Ilustración: Le Temps. Ulpiano Checa.
