Hoy tengo la oportunidad, mejor dicho, el placer de poder compartir este espacio contigo lector y compartir algo de mí con estas palabras, tan propias como la vida. He de compartir que el día de hoy es un día bello porque el recuerdo se pronosticó en el cristal de mis lentes y hoy, como otros días, pero en especial hoy; recordamos una voz, una imagen, un cuerpo.
Hay vidas que se edifican como templos invisibles, construidos por pensamiento, de columnas hechas preguntas que abren umbrales, de silencios que sostienen techos y gestos tiernos que recuerdan a un hermano, a un maestro, a un esposo, a un padre.
En su actividad profesional fue un arquitecto, historiador y maestro; pero no fue solo arquitecto de estructuras: fue constructor de preguntas. Cada palabra suya, cada pausa meditada, era una forma de colocar un ladrillo en el aire. Su vida fue una obra en constante ampliación. Como historiador del pasado y lector del presente. De entre todas sus herramientas, la más precisa fue su duda, orientada precisamente en el: “¿para qué?”
Esta pregunta se orientaba, no como quien evade, sino como quien interroga al abismo para encontrarle sentido a los pasos de su andar.
Esta figura daba un regalos que muchas (veces) evadí. Mientras otros regalaban consejos, tú sembrabas silencios para que nosotros encontráramos nuestras propias respuestas. A veces me pregunto si supiste que estábamos aprendiendo. Que mientras hacías historia en las aulas, tu familia era la página que no dejabas de escribir.
El cáncer fue su último adversario, pero no su derrota. Murió como vivió: activo, firme, caminando aún entre columnas, dibujando el día siguiente. No alcanzó a ver a sus hijos graduarse, pero sí dejó trazado el mapa para que lo hiciéramos. Nos enseñó a vivir preguntando. A construir desde la profundidad. A no dejar de caminar.
Yo no sabía que la ausencia podía ocupar tanto espacio hasta que dejaste de estar. Y, sin embargo, estás. Estás en cada decisión que me toma más de la cuenta. En cada crítica que hago al sistema. En cada idea que no puedo dejar de pensar. Heredé de ti la seriedad, la búsqueda de sentido, la firmeza sin gritos. También la reflexión aislada de quien se exige demasiado para construirse activamente. No estabas cuando me gradué. Pero tu voz, esa que no se alzaba, estuvo ahí. Y también estaba tu pregunta, como umbral, como torre: ¿Para qué?
Esa pregunta que hoy la escucho como un regalo. ¿Para qué estudio? ¿Para qué amo? ¿Para qué cuido, camino, construyo? Para que la vida no sea sólo sobrevivida. Para que la historia no se repita sin conciencia. Para que la herencia no se olvide.
Para que esta Log: evite el olvido, sean constante en sus trabajos y que los que nos quedamos sigamos construyendo sin ser arquitectos su vida, de los que no somos historiadores hagamos descendencia meditando el pasado y que los que enseñamos construyamos historia en el acompañamiento entre los iguales, con la sociedad y con uno mismo.
Tu muerte fue injusta, como todo lo que interrumpe lo digno. Pero no fue inútil, tus hijos seguimos caminando. A veces lentos, a veces torpe, pero caminando. Y aunque éramos jóvenes cuando partiste, hoy somos testigos del eco que dejaste, un eco que construye todavía a pesar de tu partida.
A veces me enojo. Me enojo porque la vida no te permitió ver lo que sembraste florecer. Me enojo porque te fuiste sin ruido, como los grandes árboles que caen en la madrugada. Y también me duele que muchas veces necesitábamos tus palabras, pero tú, en tu forma de enseñarnos, preferías darnos preguntas. Te pienso en cada pregunta que no se responder.
Para casi finalizar mi uso de la voz, tengo la intención de dar un sentido más directo a las siguiente palabras.
En la luz y en la búsqueda y también quienes, sin saberlo, ya caminan hacia ella, así somos nosotros en nuestro viaje de conciencia; pulimos, caemos, nos levantamos y volvemos a pulir.
“Lo que hacemos para nosotros mismos muere con nosotros; lo que hacemos para los demás permanece y es inmortal”.
El reside simbólicamente en este taller, en estás paredes, en este piso y en estos corazones, así que tenemos una tarea. Nunca hay que dejar pasar de desapercibido ¿para qué pulimos, nos caemos y nos levantamos, si no es para construir juntos el templo de la humanidad? Como escribió Viktor Frankl: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo“.
Cada acto aspiracional de perfectibilidad reverbera más allá de nosotros. No somos seres aislados: lo que transformamos en nuestro interior se proyecta hacia nuestros vínculos, hacia nuestras decisiones, hacia el mundo.
Por estas fechas, como cada año, la muerte toca la puerta sin necesidad de hacer ruido para tomarse un café. Los humos del altar permiten ocuparse de la incertidumbre de no saber dónde estás. Los guantes, como herramientas dispuestas a trabajar manejan vino, pan y conducen a otros la cadena que une a pesar de estar en otros orientes.
Hoy la muerte vino a tomar un café. Papá hoy te guiño el ojo derecho, como cuando lo hacíamos diciéndonos, sin necesidad de palabras cuánto nos queremos. Papá hoy vino la muerte a tomar un café y me dijo que no me preocupe que nos ves con bien, hice las paces contigo y con ella también, te espero el siguiente año para tomarnos un nuevo café.
Miguel Alfaro. ALGO.
Ilustración: Georges Beuville. 1945.

