Tocar es quizás la forma más antigua de decir: te reconozco.
Antes que el lenguaje, antes que el gesto, estuvo la piel.
La mano que se extiende no solo alcanza al otro, también lo afirma: estás aquí, y me importas.
Hay algo sagrado en el acto de tocar.
No hablo de lo grandilocuente, sino de lo pequeño:
la yema de los dedos sobre un hombro tembloroso,
la palma tibia que descansa en otra sin apretar,
el roce fugaz que no busca nada más que permanecer.
El tacto nos revela lo que a veces el pensamiento olvida:
que no somos islas, que el cuerpo también es palabra.
Que no basta con saber que alguien existe: hay que sentirlo.
Sentirlo cerca, real, humano.
Quizá por eso las caricias duelen cuando faltan:
porque no sólo nos reconectan con el otro,
sino que nos devuelven a nosotros mismos.
Nos recuerdan que aún estamos aquí,
con todo lo que eso implica:
con cuerpo, con historia,
con manos que tiemblan pero aún quieren tocar.
En un mundo que privilegia lo visual, lo inmediato, lo digital,
el tacto permanece como una forma de resistencia.
Porque no puede apresurarse ni transmitirse por señal.
Tocar exige presencia, vulnerabilidad, tiempo.
Y quizás por eso le tememos tanto como lo necesitamos.
Desde la filosofía, el tacto ha sido el sentido menos explorado,
quizás por ser el más comprometido.
No se toca sin ser tocado.
El tacto involucra al sujeto por completo,
no hay forma de permanecer al margen.
Cuando tocamos, cedemos parte de nuestra autonomía.
Nos exponemos. Nos abrimos.
Por eso el tacto es tan poderoso:
porque es un puente que no se cruza solo de ida.
Se toca y se es tocado.
Y en ese encuentro, lo otro deja de ser ajeno.
La otredad se encarna, se vuelve próxima, casi nuestra.
Tocar es afirmar el cuerpo, pero también la conciencia.
Es recordarnos que somos finitos, vulnerables, necesitados.
Pero también capaces de ternura, de consuelo, de comunión.
Quizá por eso el primer gesto de consuelo no es una palabra,
sino una mano en la espalda.
Y el último, antes de partir, es un apretón, un roce,
un te estoy tocando porque no quiero olvidarte.
Palomino.
Ilustración: Goltzius’s right Hand. Hendrick Goltzius. 1588.
