Arcilla y fuego. Cecilia Ávila Velázquez.

El calor realiza su última labor en la creación de una pieza de arcilla y decide su resultado. La sensación del fuego en las partículas de tierra elabora un nuevo objeto: al abrir el horno se descubre un nuevo ente, en ese momento dos almas se unen por la invención, se reconocen en la paciencia de rozarse entre diálogos internos que se emergen mientras las manos forman el objeto que se dirige a un espacio destinado a ser observado, el nuevo universo de expectación que narra sobre la unión del fuego, la arcilla y el creador, el cosmos del arte. 

Ahora, la arcilla abrasada busca nuevos diálogos internos, ser tocada por otras manos, un nuevo fuego al cual pertenecer, ser apropiada; es historia que desea ser escuchada porque somos jarrones hechos de historias, en ellos estamos siempre y nos transfiguramos en sus propiedades. Entre las manos del creador y su obra, objeto y observador son el calor, el agua, el viento y la tierra, una y otra vez cuencos de la tierra que nunca callan y que vuelcan sus historias para los que vienen después de nosotros a posar su mirada y, viéndonos moldeados, volvemos a saber para qué servimos.

Cecilia Ávila Velázquez.

Ilustración: The Saddle Bazaar. Cairo. 1883.

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