La suerte había vaticinado al desamparo hace unos días, y ahora, en la desolación y el atardecer, los animales vienen con sus miradas apenadas.
El padre y su desaliento, el temblor que lo hace sudar, no despinta su maquillaje: la culpa y la languidez son disimulos breves.
El niño ha caído desde arriba, desde su cuerda floja.
La madre quedó suspendida hasta volverse un bosquejo por siempre. No habrá consuelo y no buscará más culpable que ella misma.
Los curiosos que viene a lamentar la tragedia, no son causa de desvelos, la empatía no roza con nadie. Ni para qué.
La sangre del niño, herido de muerte, seguirá brotando.
El acoso del tiempo oprimiendo su corazón. El recuerdo y el perdón.
Víctor Hugo Ávila Velázquez.
Ilustración: Los Saltimbanquis. Gustave Doré.
