El laberinto de oricalco. Omar Arellano.

“En aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán; querrán morir, pero la muerte huirá de ellos.”
— Apocalipsis 9:6

El concejo se reunió al amanecer, cuando el aire todavía no había decidido si sería frío o solo áspero. La luz entraba con cautela por las aberturas altas del recinto, como si tampoco quisiera comprometerse con lo que iba a oír.

No lo juzgaron por cobardía. Eso habría sido sencillo. La cobardía admite relato y puede discutirse. Puede incluso justificarse en voz baja, entre hombres que han sentido el temblor en las manos con la espada desenvainada antes de avanzar. Lo juzgaron por haber sobrevivido.

La supervivencia después de una derrota era una anomalía más que una virtud. Los muertos descansaban en una claridad indiscutible. Los sobrevivientes, en cambio, debían explicar la forma exacta en que habían permanecido de pie mientras otros perecían.

No hubo gritos ni acusaciones exaltadas. Cada hombre habló como si leyera un informe ya conocido. La batalla había sido perdida. Las cifras eran claras. Los muertos no necesitaban ser contados otra vez. Sus nombres ya circulaban por la ciudad con una estabilidad que los vivos no poseían.

Él permaneció de pie. No pidió asiento. No se lo ofrecieron. Había dormido poco. No temía al juicio, tenía la certeza de que, en algún punto de la batalla, el desenlace ya estaba inscrito. No en los astros ni en la voluntad de los dioses. En algo más sencillo y cruel. Una secuencia de pequeñas demoras, señales que no llegaron, decisiones tomadas medio aliento demasiado tarde.

Le preguntaron por qué ordenó la retirada cuando aún quedaban hombres en formación. Respondió que el flanco izquierdo había cedido antes de lo previsto. Que la señal no llegó. Que el terreno no era lo que indicaban los exploradores. Dijo los hechos sin añadir peso. Sabía que el peso vendría poco después.

Uno de los jueces le pidió que repitiera la hora exacta en que dio la orden. Otro quiso saber cuántas veces dudó antes de hacerlo. Un tercero preguntó si había considerado morir allí. No respondió a la última pregunta. Su silencio fue suficiente.

Comprendió que estaban juzgando su persistencia a mantenerse con vida y eso los irritaba. La retirada había salvado a algunos hombres. Eso, lejos de absolverlo, complicaba el relato. Una derrota total habría sido más limpia. La ciudad habría llorado con coherencia. Pero él había regresado.

Había cruzado nuevamente las puertas de la ciudad con la espada aún en el cinto y la armadura marcada. Algunos lo miraron con respeto contenido. Otros desviaron la vista. La derrota no se define por los caídos. Se define por la incomodidad que provoca quien ha quedado con vida.

No hablaron de los dioses. Eso también lo entendió. Cuando una derrota necesita explicación los dioses estorban. Es mejor dejarla en manos humanas. Los dioses introducen azar; el concejo prefería responsabilidad.

La sentencia fue breve. No habría muerte. No habría exilio común. No habría absolución. Sería enviado al laberinto de oricalco.

Al oír el nombre, algunos evitaron mirarlo. Otros fingieron no reconocerlo. Nadie explicó qué era exactamente. El nombre flotó en el recinto como una palabra antigua que ya no necesita definición porque su sola pronunciación basta.

Él no reaccionó. Había escuchado rumores, como todos. Historias contradictorias, dichas en voz baja, siempre atribuidas a alguien que había oído de otro. Algunos decían que era una construcción de una civilización anterior. Otros, que era una condición. Nadie afirmaba haberlo visto.

Preguntó dónde estaba exactamente. Le dijeron que eso no importaba. Preguntó cuánto tiempo duraría el castigo. Le dijeron que esa pregunta no tenía sentido. Esa respuesta le pareció más severa que la sentencia misma.

Firmaron el decreto con una calma que le resultó un poco ofensiva, pero sabía que lo merecía. El raspado del estilete sobre la superficie fue el único sonido definido en toda la mañana. No hubo ceremonia. No hubo público. No hubo despedida formal. Nadie lo escoltó.

Le indicaron un camino fuera de la ciudad, uno que no aparecía en los mapas militares. Eso lo inquietó puesto que él había supervisado esos mapas por años. Conocía cada elevación, cada sendero, cada desviación estratégica pero ese camino no figuraba.

—Camina hasta que no puedas regresar —le dijo el más anciano—. Ahí comienza.

No le quitaron la espada. Tampoco el manto. No lo despojaron de nada. Esa fue la primera señal de que el castigo no necesitaba preparación. La segunda fue que nadie pareció interesado en verificar si realmente partía.

Atravesó las calles sin escolta. Algunos ciudadanos lo observaron desde las puertas. Nada de insultos, nada de compasión, solo la curiosidad medida de quien presencia el desplazamiento de un objeto que ya no le pertenece.

Al llegar al límite de la ciudad se detuvo un momento. Sintió una leve alteración entre su cuerpo y el suelo.

El camino no parecía distinto. La tierra era la misma. La inclinación, familiar. Sin embargo, el paso siguiente no coincidía exactamente con el anterior. Como si el terreno hubiera decidido introducir una variación tan mínima que solo alguien entrenado en medir distancias podría advertirla. Continuó caminando.

Esperó encontrar cambio visibles como alguna construcción, una muralla, una inscripción que marcara el ingreso, pero no ocurrió nada de eso. El paisaje no se volvió hostil ni extraño. No hubo señales. Ningún umbral. Ninguna puerta. Solo esa sensación persistente de desajuste. Caminó más.

En algún punto, intentó regresar sobre sus pasos para comprobar la distancia recorrida. No fue impedido. Sin embargo, tras avanzar un tramo que calculó equivalente al anterior, no logró identificar la dirección original. La pérdida de la referencia era más inquietante que un error de cálculo o que la desorientación común de quien penetra en el desierto. Pero constató sin duda alguna que Mileto ya no estaba detrás de sí. Seguía sin ver muros ni nada que pudiera nombrar.

Para la época, el mundo parecía convencido de que nada quedaba verdaderamente oculto. Las expediciones se organizaban con buena precisión y los instrumentos prometían mediciones exactas. La cartografía había reducido el misterio a márgenes manejables, aunque él no compartía del todo esa confianza.

El primer indicio no fue un mapa sino una nota al margen. Encontró la referencia en un manuscrito deteriorado adquirido en Esmirna. No era una mención explícita. Apenas unas líneas interrumpidas, escrita por una mano distinta a la del copista principal. Las frases no estaban asociadas a coordenadas ni a descripción alguna. No decía oricalco. No decía laberinto. Pero la estructura de la advertencia le resultó extrañamente moderna. Hizo algunas anotaciones en el cuaderno.

Había participado en excavaciones donde la ausencia de hallazgos era explicada como error de cálculo, pero siempre le inquietó la mínima posibilidad de que hubiera lugares cuya inexistencia fuera deliberada.

Reunió a tres hombres. Dos topógrafos y un asistente joven que tomaba notas con diligencia mecánica. Les habló de una estructura mencionada en tradiciones dispersas, de una extraña aleación y de un castigo que no consistía en encierro físico. Uno de los topógrafos sonrió con cortesía. El otro preguntó por financiamiento.

Partieron a finales del verano. El calor no era intolerable, pero el terreno se volvía árido a medida que avanzaban hacia regiones menos documentadas. Llevaba consigo copias de textos, hipótesis superpuestas, esquemas que intentaban reconciliar relatos incompatibles entre sí. No buscaba ruinas visibles, más bien una discontinuidad.

Durante los primeros días no ocurrió nada digno de registro. Las mediciones coincidían con los mapas oficiales. El suelo respondía a la geología esperada. El cielo no mostraba anomalías y eso comenzaba a molestarle.

El séptimo día, uno de los topógrafos señaló que el relieve parecía repetirse con una regularidad sospechosa. No era idéntico. Era demasiado parecido. Colinas con inclinaciones casi equivalentes. Formaciones rocosas que parecían apenas pequeñas variaciones de una misma estructura.

—Es efecto de la erosión— dijo el otro con seguridad.

Él no respondió.

Al día siguiente, el asistente sugirió que regresaran pues no habían encontrado vestigios de construcción antigua. Fragmentos de cerámica, alineaciones sospechosas, restos metálicos que justificaran la teoría. Nada. Él les pidió un día más, pero ese día tampoco ofreció hallazgos concluyentes.

Los topógrafos se marcharon al amanecer siguiente, dejándolo con provisiones suficientes y una advertencia pragmática sobre la inutilidad de perseguir mitos. No intentó convencerlos. Había comenzado a sospechar que la presencia de otros interfería con algo que aún no podía nombrar. Continuó solo.

El silencio a veces era absoluto. Había viento, movimiento de la arena, el crujido ocasional de su propio equipo. Pero debajo de esos sonidos persistía la impresión más difícil de precisar que era la sensación de que el espacio no terminaba de asentarse.

Marcó una roca con tiza para asegurarse de no caminar en círculos. Avanzó durante lo que calculó una hora. Cuando volvió a mirar atrás, la marca seguía visible. No estaba en el mismo lugar exacto donde la recordaba, pero tampoco podía afirmar con certeza que hubiera cambiado. Se acercó. La marca era suya. La imposibilidad de medir el desplazamiento era de extrañeza total.

Consultó el reloj de bolsillo. Funcionaba con normalidad. El segundero avanzaba con una regularidad impecable. Sin embargo, al comparar la duración de su caminata con la distancia recorrida, notó discrepancias mínimas, casi ridículas. Pensó en las líneas del manuscrito.

No había aún muros. No había arquitectura visible. No había nada que pudiera señalar como descubrimiento. Tuvo la impresión de que el regreso ya no sería idéntico al punto de partida. Se detuvo para mirar el horizonte, pero este le devolvía la mirada con entera serenidad.

Entonces continuó caminando porque no había instrucción contraria. Durante años había obedecido órdenes; ahora obedecía la ausencia de ellas.

El terreno seguía siendo reconocible y, sin embargo, no del todo. El suelo cedía bajo la sandalia con la misma firmeza que cualquier sendero de la costa jónica.

Intentó fijar una medida más rigurosa. Contó cien pasos. Se detuvo. Giró con exactitud para contar otros cien en sentido contrario. El cálculo debía devolverlo al punto inicial. No lo hizo. No había error evidente. El paisaje no mostraba burla. Pero el punto de partida ya no era identificable. Repitió el procedimiento varias veces. Los resultados eran extraños. Esa imposibilidad de tratar de ubicarse en el espacio físico era cada vez más exasperante.

En la batalla, una pequeña desviación podía quebrantar una línea completa. Lo sabía. Había visto cómo una formación aparentemente intacta se convertía en dispersión por pequeñas demoras. El desorden empieza siendo insignificante.

El aire no cambió. No se volvió más denso ni más frío. Sin embargo, al inhalar, tuvo la impresión de que el tiempo necesario para llenar los pulmones no coincidía exactamente con la duración del gesto. Como si el cuerpo estuviera ligeramente desfasado respecto de sí mismo.

Se detuvo. Por primera vez desde que abandonó a los suyos, apoyó la mano en el suelo y permaneció así, inmóvil, esperando que el entorno revelara algo distinto, pero no lo hizo. La tierra estaba quieta. Se incorporó.

No sentía hambre con la regularidad acostumbrada. Tampoco sed. El cansancio aparecía como una sombra y se retiraba sin reclamar atención. Comenzaba a sospechar que el castigo era su propia persistencia.

Caminó durante lo que creyó que era un día entero. El sol ascendió y descendió con una normalidad impecable. No podía afirmar que se moviera de forma distinta a la habitual. Sin embargo, al comparar la posición de su propia sombra con la memoria de trayectorias previas, notaba anomalías que eran suficientes para no confiar en el espacio que le rodeaba.

Entonces en algún momento, vio algo que no había visto antes. Una línea. Una superficie vertical apenas más oscura que el entorno, como si el aire hubiera decidido solidificarse en un tramo reducido. Se aproximó con cautela. Al tocarla, sintió la resistencia de la materia. No era piedra común ni era metal conocido. La superficie no reflejaba su imagen con claridad; la absorbía con una opacidad inquietante. Retiró la mano. Lejos de sentir alivio por encontrar algo tangible, sintió confirmación.

Siguió el borde de aquella superficie durante varios pasos. No parecía prolongarse indefinidamente. Tampoco parecía formar un ángulo reconocible. Era como si la estructura hubiera sido diseñada para ser comprendida desde la perspectiva de algo que no era humano. Intentó rodearla.

Después de un tramo que calculó prudente, volvió a encontrarse con la misma superficie. Todo se veía igual, la textura, el tono, la resistencia bajo la palma.

Asumió que el laberinto, al menos en ese punto, no era la suma de muros sino la negación de la referencia. Los muros existían. Podían tocarse. Pero el espacio se suspendía en ellos. Apoyó la espalda contra la superficie oscura y cerró los ojos. Pensó en el juicio. En la pregunta que no respondió. ¿Había considerado morir allí? En ese instante pensó que morir en la batalla habría sido una conclusión. Estar ahí, en cambio, era una continuidad sin desenlace. Abrió los ojos.

La línea vertical ya no estaba exactamente donde la recordaba. Se había movido solo lo suficiente para que su memoria no pudiera fijarla con seguridad. Sonrió apenas. El laberinto pretendía mantenerlo en un estado en el que cada decisión fuera correcta y, sin embargo, insuficiente. Y penetró en aquel coloso en medio de la nada.

Consultó nuevamente el reloj. El segundero avanzaba con la regularidad que siempre le había parecido tranquilizadora. Pensó en los mapas extendidos sobre mesas largas, donde cada línea respondía a una medición verificable. Ahora solo había una leve falta de coincidencia entre expectativa y resultado.

No buscaba ya una estructura monumental. Pensaba que, si el laberinto existía, no lo haría con la teatralidad que él había imaginado en sus primeras hipótesis. No habría torres, ni puertas, ni inscripciones antiguas esperando ser descifradas. Lo que había era algo más modesto y perturbador que solo la continuidad puede brindar.

Caminó durante media hora. Se detuvo y anotó la hora exacta. Describió el relieve, el color de la arena, la dirección del viento. Anotó incluso su estado de ánimo, como si pudiera objetivarlo. Al cerrar el cuaderno, sintió que él mismo había añadido variación al espacio.

La ausencia de pruebas materiales comenzaba a socavar su argumento inicial. Un hallazgo arqueológico necesita evidencia tangible. Sin fragmentos, sin restos, sin alineaciones verificables, todo se reduce a interpretación. Guardó el cuaderno y avanzó unos pasos más.

El sol estaba en posición alta. La sombra debía proyectarse con clara inclinación hacia el oeste, pero esta lo hacía hacia el lado contrario. Dudó enseguida de estar alucinando, pero la sombra no cedía a sus pensamientos. Se mantuvo en el lado contrario a donde debía ser proyectada.

Le faltaba imaginación para formular una teoría. Se agachó y clavó una estaca improvisada en el suelo para medir la proyección. Esperó. El sol avanzó. La sombra se desplazó de manera normal. Cuando prestó atención a su sombra esta ahora coincidía con la posición del sol. Sintió miedo. Se puso de pie con lentitud.

Fue inevitable pensar en que el espacio no era el problema sino más bien la correspondencia. Si el tiempo y el desplazamiento dejaban de coincidir, los mapas se volvían irrelevantes.

Recordó que el más anciano le dijo que avanzara hasta que no pudiera regresar. Giró el cuerpo con la intención de mirar el punto exacto desde donde había dado el paso anterior. Solo intentaba verificar la línea.

No encontró el punto, simplemente no podía distinguirlo de los demás. Sintió una incomodidad nueva, más interna que espacial. No podía demostrar que no estaba perdido.

Avanzó otra vez. No apresuró el paso. En la guerra, la prisa es a veces la forma más honesta del miedo. En el laberinto, la prisa era simplemente una repetición.

El pasillo avanzaba y la piedra no se sentía fría ni tibia, estaba en el punto intermedio que anulaba cualquier referencia del exterior. Intentó recordar el mar, el viento salado en la cara al amanecer, el olor a aceite y bronce antes de la batalla. El recuerdo apareció, pero sin temperatura. Pareciese que alguien hubiera vaciado el mundo de sus estaciones.

Los muros se elevaban a alturas inasequibles. Sin ornamentos, sin marcas, sin símbolos que traicionaran la mano humana. Le parecía que el laberinto tenía inteligencia propia.

Avanzó hasta una bifurcación. Esperó un momento antes de elegir. Recordó a los jóvenes hoplitas antes del combate, esperando su orden, convencidos de que la claridad de su voz podía ordenar el mundo. Qué extraña fe depositaban en él. Qué extraña fe había depositado él en el orden mismo. Tomó el pasaje de la derecha.

Dio veinte pasos, o cien, o ninguno. Al fin y al cabo, las cifras eran una superstición en ese sitio.

Apoyó la mano en la pared. Sintió una vibración tenue. Algo más parecido a una respiración detenida. Retiró la mano con calma. Experimentó la intuición de que el laberinto lo pensaba a él y no lo contenía dentro de sus muros. Se preguntó si el laberinto estaba hecho de metal y roca o de decisiones.

Le habían enseñado que el cosmos posee un orden, un logos. Que todo responde a una proporción invisible. Si eso era cierto, entonces el laberinto era probablemente argumento. Una tesis cuya conclusión todavía ignoraba.

Al girar en un nuevo recodo, creyó escuchar algo. Una pausa y la derrota comenzó a pesar sobre él pues tenía la convicción de que había sostenido toda su vida en base a su carrera militar y que podía comprender el mundo desde la altura suficiente. Mientras él estuviera en esa altura, lo demás no importaba, pero en el laberinto no existían las alturas, solo las trayectorias.

Y cada paso era, al mismo tiempo, avance y confirmación de que el centro no era un punto al que se llega, sino una idea que se aleja cuando uno cree aproximarse.

Creyó que el cansancio estaba acabando con él. Cuando consultó la brújula no pudo evitar ignorar que el puntero que marca al norte estaba girando de manera incesante pero muy serena. Su intuición fue que algo inminente estaba por ocurrir.

No sabía hacia donde caminar, pero eso, lejos de detenerlo, lo animó a seguir con su camino. Notó que el sonido de sus pasos se volvía lejano. Cuando miró la brújula de nuevo creyó que la aguja parecía buscar algo más allá del norte. Lo observó durante unos segundos antes de guardarlo otra vez. Había llegado demasiado lejos para permitirse supersticiones.

Se encontró de frente a un muro de dimensiones que le parecían imposibles de sostener. Ascendían de manera perfectamente vertical sin juntas entre bloques y sin señales de desgaste. El material no parecía erosionado ni nuevo. Incrédulo, comenzó a hacer anotaciones y continuó avanzando hasta encontrar una separación entre el enorme muro con el que se encontró de frente. Sin antes persignarse comenzó a caminar por el corredizo.

La lámpara proyectaba una luz débil sobre el suelo. El polvo permanecía intacto en algunos tramos y completamente ausente en otros, como si ciertas partes del corredor hubieran sido transitadas recientemente por algo que no dejaba huellas.

Pasaba los dedos por los muros. Sentía una resistencia difícil de interpretar. Había pasado años persiguiendo evidencia del oricalco, pero al sentirlo no era lo que esperaba.

Encontró bifurcaciones, galerías, escaleras que daban la impresión de subir o bajar, pero nunca se movía del plano horizontal. Explicarlo racionalmente era complicado, pero había algo en la forma en que el polvo se acomodaba alrededor del suelo que le impedía pensar en antigüedad. Parecía reciente. Demasiado reciente.

Los corredores continuaban hacia adelante siempre con la misma uniformidad opresiva. Ningún sonido. Ninguna corriente de aire. Y seguía sintiendo la impresión de que algo acababa de pasar por allí poco antes que él.

Avanzaba despacio y luego más deprisa. Con el peso de las décadas y los siglos supo que la velocidad era indiferente en ese lugar.

Pero en un punto el sonido pareció llegar primero que la figura. Tal vez serían pasos definidos, tal vez eran los suyos. El laberinto había deformado demasiado tiempo la noción de distancia como para permitirle confiar plenamente en su oído. Aun así, había encontrado una irregularidad que solo el hombre podría cometer. No era el viento o el desprendimiento de una roca. Aquello contenía intención.

Levantó la lámpara. La luz avanzó unos metros por el corredor antes de extinguirse en la oscuridad compacta que parecía llenar el resto del laberinto. Esperó inmóvil. El silencio regresó durante varios segundos, pero ahora tenía la creencia de que algo estuviera respirando más adelante en ese corredor.

Lo vio. Una silueta inmóvil al fondo del pasaje. El hombre simplemente estaba allí. Parecía como si el corredor hubiese decidido revelarlo después de haberlo mantenido oculto durante siglos. No avanzó y aquel hombre tampoco lo hizo.

La distancia entre ambos era demasiado grande para distinguir el rostro con claridad, pero pudo distinguir detalles inexplicables como el brillo opaco del bronce, la forma antigua de la armadura, la caída pesada del manto.

La impresión absurda de estar observando un recuerdo perteneciente a otra época del tiempo le parecía algo más normal que la mera coincidencia con otro ser humano.

Del otro lado del corredor, él permanecía inmóvil con una mano apoyada sobre la pared. Había dejado de confiar en la geometría del laberinto hacía mucho puesto que los corredores cambiaban apenas cuando uno apartaba la vista.

Aquella luz que sostenía el desconocido no provenía del fuego. Eso fue lo primero que lo perturbó. No reconocía la ropa ni los objetos que colgaban del cuerpo del hombre. Sintió que aquella figura le resultaba conocida de una manera imposible de explicar. Como si ambos hubieran pasado demasiado tiempo recorriendo la misma trayectoria desde extremos opuestos.

Ninguno habló. El laberinto parecía escuchar. Dio un paso adelante pero aquel hombre se quedó estático. Cuando lo tuvo de frente observó su rostro cansado y creyó estar viendo algo que el tiempo había abandonado sin permitirle desaparecer. Había agotamiento en esa mirada, pero no derrota. Aquel hombre parecía existir mucho después del desenlace de sí mismo.

Él, por su parte, no entendía los materiales que llevaba encima ni aquella luz amarilla suspendida entre sus manos, pero reconocía la obsesión en sus ojos. La misma persistencia que tenía lo había sostenido durante campañas militares ahora olvidadas. La misma incapacidad de abandonar una búsqueda incluso cuando ya no existe motivo racional para continuarla.

El laberinto reunía hombres incapaces de detenerse. La idea apareció con claridad mientras ambos permanecían inmóviles frente al otro. Uno entró por sobrevivir a la muerte, el otro, en cambio, penetró voluntariamente persiguiendo una estructura cuya inexistencia habría sido más razonable aceptar. Y, sin embargo, el laberinto los había recibido de la misma manera. Para aquel lugar no existía diferencia entre culpa y obsesión y ambas eran formas de resistencia.

El corredor comenzó a vibrar apenas y apareció la sensación de que los muros ajustaban lentamente su posición alrededor de ellos, como si el espacio entero estuviera reconsiderando la distancia entre ambos hombres. Y las paredes hablaron.

El sonido venía desde el interior de la piedra y el metal, compuesto por respiraciones superpuestas, fragmentos de lenguas antiguas y futuras y ecos erosionados por siglos de repetición. Ninguno consiguió identificar todas las palabras, pero aun así ambos entendieron.

He caminado entre hombres y dioses durante más tiempo del que la memoria puede sostener. He visto imperios elevarse con arrogancia y desaparecer convertidos en polvo anónimo bajo otras lenguas y otras banderas. El tiempo no avanza hacia ningún sitio. No comenzó realmente. No terminará. Solo continúa, indiferente, arrastrando consigo nombres, ciudades y rostros que alguna vez creyeron ser eternos. Desde hace siglos atravieso la tierra buscando una absolución que jamás llega. Cargo todavía con la sombra de mis faltas contra los hombres y contra aquello que ellos llamaron sagrado. He contemplado guerras, pestes y ruinas; he visto cómo la oscuridad encuentra siempre nuevas formas de pronunciarse sobre el mundo. Y, aun así, algo persiste. Una llama mínima. La obstinación de la luz negándose a desaparecer del todo. Ahora vivo encerrado dentro de las consecuencias de mi propia existencia. No hay muro más vasto que una culpa prolongada durante milenios. Y mientras las épocas continúan derrumbándose unas sobre otras, sigo avanzando sin dirección verdadera, como un hombre que hace mucho tiempo dejó de pertenecerle a su propia historia. Estoy perdido dentro del tiempo.

La voz se desvaneció lentamente dentro de los corredores. El silencio posterior, vasto. Ninguno de los dos habló. No se entenderían.

Él bajó la mirada y pensó en la batalla y en los hombres caídos. En la pregunta no respondida durante el juicio. ¿Había considerado morir allí? Su castigo nunca fue entrar al laberinto, había sido el instante exacto en que decidió continuar viviendo.

Esperó, pero nada llegó. Estuvo a punto de continuar cuando volvió a oírlo. Un sonido seco. Lejano e irregular. Como pasos por un corredor. No sabía determinar desde qué dirección provenían, pero tenía la certeza, nuevamente, de que no estaba solo.

Retroceder habría sido razonable pero no lo hizo. Sintió la necesidad de seguir avanzando. El laberinto comenzó lentamente a sustituir el instinto de conservación por otra clase de impulso más difícil de resistir.

Y continuó. Los pasos regresaron algunos minutos después, pero esta vez eran más claros. Tres y luego el silencio. La luz apenas consiguió atravesar unos metros de oscuridad antes de ser absorbida por el corredor.

Permaneció quieto observando cómo las sombras se extendían por los corredores con una lentitud solemne. El laberinto no esperaba la llegada de la noche. Esperaba, más bien, que alguien volviera a entrar.

Omar Arellano.

Ilustración: Retrato de Carlomagno. Alberto Durero. 1511.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *