Un silencio. La que nunca muere.

Y quise hablar.

Quise de algún modo liberar mi sentir por medio de la palabra.

Y la callaste.

La callaste cual madre calla a un chiquillo cuando está a punto de romper en llanto.

Así se sintió.

Una muestra de la sensibilidad que cargo conmigo y la callaste.

Tragué saliva.

Suspiré.

Me tragué mi palabra.

Y volví a guardar mi sentimiento.

Una mueca fingida y un acuerdo mutuo para aceptar que callada me quieren más.

Un acuerdo donde un silencio es más cómodo que mi palabra que aturde.

La que nunca muere.

Ilustración: Paul Rego.

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