Cuando tuve que dejarte en casa de otros, me perforó la angustia convertida en lágrimas. No solo era tu mirar tan característico que desborda inocencia e imprudencia. Eres parte de mi vida, y al llegar a la casa sin tu efusividad, sin ese desorden casero que me hacía sentir en familia, la quietud se volvió un recordatorio.
Pensaba en ti, en sí me recordabas, en sí me estabas esperando.
La vida como vieja amiga que no sabe olvidar y siempre ofrece algo de sí no se hizo esperar y ahora que al fin estás conmigo otra vez, me entero de que estás enferma. Sin tener una fecha exacta dentro de ti se encuentran creciendo algo que no puedes ni pronunciar y que para mí solo es pronunciable cuando estoy borracho o haciendo una broma al respecto (finalmente tengo que reírme o no pensar tanto en ello para no hundirme). En síntesis, una palabra grande, que tú no entiendes. Tú solo me miras con esos ojos limpios, sin preguntas, confiando en que estoy aquí. Y yo quisiera poder explicártelo, pero también me alivia que no lo sepas. Que para ti solo exista el presente y no te sean agobiantes las noches en las que pienso que se acerca tu final.
Aquí también están los otros que, a su manera, igual que tú no son los mejores en comunicarse, pero sí para estar presentes. Uno más como testigo que compañero, quizá porque uno te ve más como una maestra. Pero tú… tú eres distinta. Contigo la historia está marcada por las ausencias y los regresos, por esa libertad con la que naciste y yo quería amansar.
Sé que no sabes lo que sucede, y en parte me alegra. Porque mientras cargamos con el peso de la enfermedad y del miedo, tú solo sabes que te amamos. Y aunque me duele verte frágil, también me enseñas cada día que lo más importante no es cuánto tiempo tengamos, sino cómo lo vivimos juntos.
Y aunque me tiemble la voz al pensarlo, sé que cuando ya no estés, tu forma de mirarme, tu manera de existir a mi lado, no se irá conmigo: se quedará latiendo en la memoria, como un eco que no se apaga.
Porque mientras yo cargo con la angustia de saber, tú me enseñas otra cosa: que el amor no se mide en tiempo ni en pronósticos, sino en la intensidad con la que se comparte cada instante.
Miguel Alfaro. ALGO.
Ilustración: Gerard ter Borch. Officer writing a letter with a trumpeter. 1654.

