Ratero. Francisco González. 

Algunas personas comentaron que yo iba a visitar a Cuca para robarle.

Lógicamente me enojé mucho, ya que no me percataba de que, en verdad, tenían razón.

Hoy confieso que es cierto. Y no solo lo hice: me gustó. Me gustaba hacerlo.

Le robé muchas cosas.

Para empezar, le robé tiempo al tiempo,

pues podían pasar largas horas, incluso desvelarnos,

y ese lapso no parecía mucho.

Le robé el sueño,

porque nuestros cotorreos seguían y seguían

hasta que ella decidía ir a dormir.

Le robé demasiadas pláticas.

Aunque algunas se repetían,

a mí nunca me aburrían.

No podía evitar robarle cáncer más los que ella me ofrecía,

de aquellas cajetillas blancas con rojo que parecían no tener fin.

Le robé una que otra sonrisa,

cuando me veía llegar como si me estuviese esperando

y esa sonrisa se ensanchaba, aún más,

sí le tomaba por sorpresa mi visita.

Le robé algunos suspiros,

cuando, entre recuerdos de viejos tiempos,

se le venían a la cabeza personas amadas.

¡Le robaba besos a lo loco!

Y, por más que fueron muchos, sé que debí haberle robado más.

Le arrebaté unas lágrimas,

cuando por fin me reconoció después de su incidente con la amnesia.

Cuando supo que ya no viviría más con ella.

Y, sobre todo, cuando juntos echábamos de menos a Don Lupe.

Le robé abrazos a quemarropa,

muecas pícaras y también uno que otro piropo,

cuando me veía de traje, rasurado,

y, sobre todo, con el cabello recién cortado.

Le robé “te quieros” y “te amos” correspondidos.

¡Ah! Y claro…

en ocasiones le robé comida,

una que otra botanita, mientras charlábamos.

Sé que le robé mucho.

Ahora entiendo el enfado de aquellas personas.

Pero ella nunca puso resistencia.

Y aunque no haya sido dinero o cosas materiales,

créanme: quedé millonario.

Millonario en recuerdos.

En tantos buenos y bonitos recuerdos.

Probablemente sí les quité mucho a esos cabrones.

Aun así —no sé si sea descaro de mi parte o valemadrismo—

siento la inmensa y maldita necesidad de seguirlo haciendo.

Seguirle robando todas esas cosas…

Pero eso ya no se puede más.

Francisco González.

* Ilustración: Banquet Still Life. Adriaen van Utrecht. 1644.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *