Estatua. Lasse Söderberg.

Me quedaré totalmente inmóvil entre mis dos hombros. Nadie me saludará. No saludaré a nadie.   A los muertos podría hacerles señas o enviarles una carta firmada: “Su admirador”. ¿Cuál es el importe para la eternidad?   En todas partes acechan teléfonos, listos a morder como escorpiones. Cada puerta que se abre es falaz, carnívora. […]

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A Emilio López. Jocelyn.

Dejaba a la vista humana algunos fragmentos de su cuerpo que a su vez dejaba jugar a mi mente, me alejaba de la realidad continúa haciéndome regresar a esos instantes donde ni una sola prenda acompañaba su cuerpo.   Jocelyn. * Setsuko Migishi 1905 – 1999

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Como Sísifo. Pablo Jara.

Entre otras incomodidades de los mortales, está esa ceguera del alma que hace al hombre no sólo errar, sino amar sus errores. Séneca.   Mientras avanza la vida, vamos llevando nuestras propias cargas, algunos de bajada,  y otros, la mayoría, cómo Sísifo, purgando alguna condena, la ignorancia puede ser esa condena, ignorancia capaz de hacer 

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Mapas. Rodrigo Pérez.

Como heraldo de aventura: la carretera y el seductor humo escapando entre tus labios, tu nariz coqueteando con el cosmos.   Stolichnaya y Luckie’s como manantiales y tus piernas más largas que mis miedos, el sol brillando en tus Ray Ban.   Dylan explotando en nuestros tímpanos y  tu cabello anaranjado ardiendo.   Tus manos

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Hielo y fuego. Robert Frost.

El mundo acabará, dicen, presa del fuego; otros afirman que vencerá el hielo. Por lo que yo sé acerca del deseo, doy la razón a los que hablan de fuego. Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces, pienso que sé bastante sobre el odio para afirmar que la ruina sería quizás tan grande,

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El monte. Max Aub.

Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada. Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido. Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido

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Reciclaje fatal. Elena Mo.

He contado las diez veces en las que utilizas el tónico “yo” en una conversión “casual” de menos de tres minutos, y con todo lo que se puede decir en ese eructo de tiempo, he notado la facilidad con la que cambias tu lealtad, tu necesidad de reconocimiento, y tu gran habilidad para estar donde

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