Empieza a sonar el timbre de ese reloj viejo, polvoriento, heredado de la abuela.
Un reloj que parece detener el tiempo, mientras la vida desgasta los años.
Extiendo el brazo, lo apago con un manotazo.
El mismo brazo cae al suelo y acaricia un cuerpo tibio, peludo, cansado.
San Buenardo.
Mi viejo Golden Retriever.
Su pelaje ya no es crema, sino un blanco gastado, lleno de años.
Nos levantamos.
6:30 a. m.
El colchón rechina. La espalda también.
Las costillas se quejan, los resortes viejos hunden la piel.
Bajamos las escaleras.
El olor a madera impregna;
el crujir hueco del piso alerta;
el amanecer filtrándose por las rendijas sosiega.
Pongo a calentar el agua.
El café soluble me salva cada mañana.
Hace años dejé el de grano; me hacía alucinar.
Acaricio mi barba larga y canosa con la mano.
San Buenardo olfatea el aire, encuentra su plato, come poco, bebe más.
El vapor de mi taza se mezcla con la bruma que entra por la puerta.
Abro.
La neblina densa cubre el bosque.
Una brisa leve.
Mi perro corre.
Respiro.
Recuerdo por qué estoy aquí.
Por qué elegí la soledad.
Me siento vivo.
En la ciudad: ruido, prisas, mucha gente.
Nos enseñan a sobrevivir, no a vivir.
Aquí no.
Aquí, el tiempo es paz.
Sorbo el último trago de café.
San Buenardo guía a las ovejas.
Ellas pastan.
Yo recojo leña.
El invierno se asoma, me abrigo.
Mi piel se reseca.
La noche será fría.
La noche será oscura y silenciosa.
Hubo una mujer.
Bella, de piel apiñonada, ojos inmensos, cautivantes.
Reía con la boca y amaba con locura.
Me hizo sentir vivo.
Pero el amor, como el café, también deja de hacer efecto.
O bien, comienza a hacer daño.
Y uno vuelve al silencio, a la soledad.
La carne se fríe en la sartén.
Sirvo una porción en mi plato.
El perro come un pedazo.
Lengüetea su hocico, remoja sus bigotes.
Se echa al suelo.
Cierra los ojos, satisfecho.
Duerme.
Lo contemplo.
Bebo una última taza de café.
Me siento en el viejo sofá.
La tos regresa. Es atroz y dolorosa.
Escupo sangre; la edad pesa.
San Buenardo cree lo mismo.
Un trago de aguardiente ayuda.
Leo un libro de física relativista.
Einstein decía que no hay un “ahora universal”.
Siempre tuvo razón: pude vivir mi “ahora” como quise.
Me resigno.
La noche estaba afuera.
Los recuerdos en el ayer.
El silencio somete.
La leña arde y el calor envuelve.
San Buenardo está junto a mí, inmóvil.
Su hocico descansa sobre mi pierna.
No escucho su respiración.
Lo acaricio.
Fue el mejor compañero de mi soledad.
Bebo el último trago.
Ceño los ojos y las cejas.
El aguardiente me quema la garganta.
El dolor desaparece.
Y entiendo.
Ahora soy yo quien acompaña a San Buenardo,
en su soledad,
en nuestra soledad.
La vida es amar.
Reír.
Sufrir un poco.
Trascender.
Elegir.
Y morir así, sin ruido,
como el fuego
cuando se apaga.
Morir,
cuando el alma habla.
Claudio “Babayalien” Cazares.
Ilustración: Charles Spencelayh. C. 1880.
