Cuando muere un ser querido, lloramos ante la realidad; mas no sé si es por el que se ha ido o por el que se queda atrás, en este cruel mundo de soledad. No sé distinguir entre el dolor que implica despedirse de alguien y el dolor de extrañar esa versión de tu viejo «yo», cuando aún vivía esa persona.
En otros términos: ¿lloramos porque extrañamos a esa persona o porque extrañamos quiénes éramos nosotros antes de que esa persona muriera?
Quieras o no, cuando alguien verdaderamente amado se ha ido, una o varias cosas cambian en ti. Empiezas a caer en rutinas agobiantes y a recurrir a uno que otro analgésico o estimulante para seguir viviendo: hoy un trago, mañana un cigarro, pasado un libro terminado o una serie perdida; cualquier cosa para que el dolor se sofoque mientras entretengo mi cabeza y no me recuerde lo frágil de mi naturaleza.
El problema es que, aunque no todos se han ido, así se siente. Y por más que lo intento, sigo solo aquí adentro… conmigo.
Francisco González.
Ilustración: Tierra. Adriaen Collaert.

