Elijo la sobriedad
como quien elige el agua
después de ver al fuego devorarlo todo.
Odio el alcohol.
Odio su aliento agrio,
su promesa barata de valentía,
su risa hueca.
Odio el olor que deja,
ese vapor rancio en los baños al amanecer,
mezcla de vómito, culpa
y palabras que nadie recuerda haber dicho.
Ahí se queda la noche pudriéndose,
como una resaca moral pegada a los azulejos.
Reprendo lo que representa,
la huida disfrazada de fiesta,
la anestesia del alma,
el permiso social para perderse
y llamarlo libertad.
Porque no es inocente el culto.
Por idolatrar a Baco
se rompen cuerpos,
se apagan conciencias,
y hay personas que no regresan a casa.
Mueren en su nombre
sin altar,
sin himno,
sin que nadie se atreva a llamarlo sacrificio.
No me seduce Baco.
No le rezo.
No brindo en su nombre.
Soy su enemigo fiel,
porque conozco su truco,
te ofrece olvido
y te cobra identidad.
Yo no quiero nublarme,
quiero estar despierto.
Quiero recordar cada palabra,
cada gesto,
cada herida y cada risa
sin intermediarios químicos.
Por eso levanto la voz
y derribo a Baco dentro de mí:
rompo su copa,
apago su música,
lo bajo del pedestal donde lo pusieron
los cansados de sentir.
Que muera como mito,
no como cuerpo:
que muera su mandato,
su culto,
su falsa gloria.
Yo me quedo con la lucidez,
con el pulso limpio,
con la mañana que no apesta a derrota.
Sobrio,
entero,
presente.
Max Palomino.
Ilustración: Ernesto García Cabral. 1968.
