Queda asentado que quien escucha también es habitado, y que abrirse no constituye una concesión gratuita, sino un (p)acto planeado, donde algo del otro ingresa y se aloja por momentos, mientras algo propio se (des)prende y las olas del viento devienen en ocasiones.
Se reconoce que la figura del oyente opera como un refractario, un espejo que no devuelve la imagen fiel, sino aquella que el solicitante necesita para (re)conocerse. El tiempo otorgado no siempre se llena de palabras; a veces hay gestos como lo es el silencio, el cual compadece con la misma legitimidad que el discurso más paliado, esperando a vencerse la calma del oído.
El trabajo de escuchar comprende custodiar nacimientos y defunciones: vidas que se inauguran y otras que se retiran, personajes y canciones que se tejen o se disuelven en la trama del relato, en las cicatrices del pasado y la finura de la piel.
Consta que la paz, aquella hada que busqué arduamente por años, una vez obtenida, lleva consigo el sabor agridulce de la meta alcanzada. Entre los sillones, ahí donde encuentras centavos olvidados, vino junto con ella la satisfacción y una pregunta inevitable: ¿Y ahora qué?
El hambre, no la del cuerpo sino la que sostiene la vigilia del alma, se considera indispensable para la persistencia en la incertidumbre, el deseo de posibilitar lo posible. ¿Quién sabe? ojalá sea más jubiloso que esa pregunta se quede sin resolver; el orden de los acontecimientos siempre ha sido una piedra en el zapato.
Una piedra de la cual no habría que deshacerse. A veces se camina mejor con esa incomodidad que recuerda que estamos vivos. Tal vez la paz no sea un puerto definitivo, sino una estación intermedia donde aprendemos a mirar el a(mar) sin exigirle (ser)ezas a la vida(s).
Y si el orden de los acontecimientos sigue siendo un enigma, que así lo sea.: hay misterios que, al intentar resolverlos, se disuelven como el humo del cigarrillo. Prefiero que sigan ahí, acompañando, rozando el cuello, recordándonos que la vida, como la muerte, siempre se siente, aunque no siempre se entienda.
Miguel Alfaro. ALGO.
Ilustración: Adjudicada y sin información alguna.

