Apocalipsis que jamás pasaron
terremotos que jamás azotaron
y una lúgubre brisa de cenizas
de gente que jamás sucumbió.
Lágrimas que jamás brotaron,
gritos de dolor que jamás se gritaron
y trajes negros, que al igual,
jamás se han usado.
Autos destruidos,
que siempre lo han estado
y niños mendigando
que nunca sufrieron hambre.
Una ciudad muerta, desde su nacimiento
gente que nació sin vida
y otras más que fallecieron
intentando de todo, por no estarlo.
Almas lúgubres con sonrisas imperturbables
y sonrisas de gente perturbada hasta la médula.
Un polvo mal dado, mal inhalado,
una pinta de cerveza caliente,
un cigarrillo mal encendido
y una multitud, separada de sí misma.
Una ciudad, la Ciudad… tan normal
Como la de todos nosotros.
Diego Estrada Gutiérrez
Ilustración: La balsa de la Medusa. Théodore Géricault. 1818.
