Autocrítica. Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Siendo mi critica un juicio cantando desde mi propia voz, no falta el dedo acusador ni la mirada expectante que me señala; claro está, siempre escondidos entre el coro ¿Quién ha hablado cuando ellos estaban de espaldas? ¿Quién?

Mi cantaleta, si bien no es profana, quizá maldiga sólo porque resuena en oídos cobardes: orejas que no saben escuchar cuando lo que oyen contradice sus pensamientos o su sentir. Y estando tan aturdidos, les resulta tan fácil, entre cuchicheos, indicarme que soy un quisquilloso, un insoportable, el tonto criticón risible.

¿Pero porque no decírmelo?

¿Por qué no argumentar lo contrario?

En estos tiempos de óperas progresistas, el silencio se ha convertido en la excusa de la víctima que, aunque tenga boca, guarda una lengua tibia.

Penado estoy, entonces, por ser quien habla ¡oh, infame reproche de decir o juzgar! ¡De tener un criterio, vulgar o bello, sólo porque, según ellos, no debo percibir, ni sentir, ni pensar! Y bien, si esto no es un pecado, aunque para el coro lo sea, por ser considerado de pretensioso acervo o vanidoso de moralidad despistada, me declaro culpable y, satisfecho, pongo mis propios dedos índices sobre la tela del juicio: en el sudario de la Autocrítica.

Drama de la misericordia que le ocurre a los atormentados por si mismos o Comedia de compadecerse del otro por ser bufón ahora de otros. Hasta aquí bien: los aplausos vendrán desde el coro entre risas por la vergüenza ajena, por la humillación expuesta, cantada y bailada de lo que se siente.

¿Qué se siente?

El pasmo que oprime el cuello y limita mis cuerdas vocales que intenta impedir que me critique a mí mismo. Refuto la torpeza de la introspección y me pregunto: ¿con qué ojos me veo? ¿Con qué nariz huelo ese tufo reprochable que se escapa cuando mi voz surge? Parece que nada es mío: son los ojos los que hablan, la boca la que ve; y en mí mismo se construye la animalidad de otro ser, de otro yo: el más malvado de mí mismo, que me devora y luego deja todo en silencio.

Silencio.

Palidece el coro y el público. No se sabe si fue sátira o tragedia, de lo grotesco a lo bello. Siempre todos soy yo ante la insensatez de saber que no se opina igual sobre uno mismo; ni con el criterio, ni con el entusiasmo. No hay un ser mismo imparcial desde lo más profundo. En este eco de redundancia seguirá el ensimismamiento de la crítica.

Por fortuna, sin cerrar el telón, pronto es a la larga lengua a la que se le echa de menos: esa que sale para probar que tanto saben los demás.

Esa lengua larga que sabe hablar sin que nadie le haya pedido su opinión.

Víctor Hugo Ávila Velázquez.

Ilustración: El diablo y el músico. Stefan Eggeler. 1920.

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