Todo empezó con un chasquido seco, un parpadeo de los focos y luego, el silencio eléctrico. La luz se fue como un suspiro y, por un momento, me sentí atrapado en la incomodidad de la oscuridad. Mi primer impulso fue quejarme: ¿y ahora qué? Sin internet, sin tele, sin nada que parpadear frente a mis ojos, me sentí desubicado, como si me hubieran quitado una parte del mundo.
Caminé por la casa a tientas, tropezando con las sombras, murmurando por lo bajo. Busqué una linterna, encontré velas, y mientras la flama comenzaba a danzar suavemente, mi familia se fue reuniendo en la sala como si el apagón los hubiera convocado.
Extendimos una colcha sobre el suelo fresco y nos recostamos ahí, todos, como en una noche de campamento improvisado. La luz de las velas apenas alumbraba nuestros rostros, y fue entonces cuando mis padres empezaron a hablar, como si el silencio de los aparatos hubiera despertado las memorias.
Nos contaron de cuando llegaron por primera vez a esta colonia, hace ya muchos años. Dicen que no había calles pavimentadas ni postes de luz, ni agua entubada. Lo único que abundaban eran las liebres. Sí, liebres. Corrían libres por los lotes baldíos, entre los matorrales, cruzando por donde hoy hay casas, tiendas y coches.
—Aquí, donde está la cocina —dijo mi papá señalando con la mano—, una vez vimos como cinco liebres juntas. Antes no había nada. Nada más que tierra, cielo y viento.
Y entonces hablaron de mi abuelo. De cómo él, con sus propias manos y sin más herramienta que su fuerza y unas cuantas ganas tercas, fue construyendo esta casa. Primero unos ladrillos, con techo de lámina. Luego, poco a poco, fue levantando los cuartos, echando mezcla los domingos, midiendo con hilo, levantando bardas que aún siguen firmes.
Me los imaginé ahí, dormidos entre costales de cemento, compartiendo tortillas con sal, soñando con un futuro que ahora yo habito.
—Y todo eso —dijo mi mamá, con la mirada perdida en la llama—, lo hizo tu abuelo sin saber si algún día habría luz aquí, o agua, o pavimento. Pero creía que valía la pena.
Las velas seguían ardiendo con calma, y el calor de esa historia nos envolvía más que cualquier cobija. Me sentí parte de algo más grande que una simple noche sin electricidad. Me sentí parte de mi historia.
Después de un buen rato, salí a comprar algo a la tienda. Me sorprendió ver que el señor había improvisado: iluminaba la entrada con el faro de su moto, apuntando directo al interior. Entre sombras, la gente entraba y salía como si nada, como si estuviéramos en otra época.
Pero lo más impresionante fue lo que vi al regresar: los vecinos estaban afuera.
Don Chon había sacado una mesa de plástico, y con sus nietos jugaba a las cartas bajo la luz titilante de una lámpara portátil. Doña Ninfa, sentada en una silla plegable, charlaba alegre con sus vecinas mientras se abanicaban. Los niños corrían, jugaban a las escondidas y gritaban sin que nadie les dijera que se callaran. Las risas llenaban el aire como música antigua, como algo que hacía mucho no escuchábamos.
Las ventanas abiertas, las puertas sin cerrojo, los rostros sin pantallas frente a ellos. Solo miradas, sonrisas, voces vivas.
Y entonces lo pensé con claridad:
necesitamos más apagones.
Más momentos que nos regresen a lo esencial, a la palabra compartida, a la historia que vive en nuestras casas y en nuestros patios. A lo que se construye no con cables, sino con cariño, con memoria, con presencia.
Esa noche sin luz, lo entendí: a veces, la oscuridad nos muestra lo que de verdad brilla.
Max Palomino.
Ilustración: Arkhip Kuindzhi. After a rain. 1879.

