Introducción.
En diversos contextos eclesiales contemporáneos se ha consolidado una tendencia que privilegia la dimensión emocional de la experiencia religiosa. Expresiones como “hazlo sólo si te nace” o “si no es de corazón, no cuenta” han adquirido un lugar central en la enseñanza pastoral. Aunque estas formulaciones buscan promover autenticidad, terminan desplazando un elemento fundamental de la tradición cristiana: el carácter comprometido, constante y objetivo del servicio a Dios.
Este ensayo sostiene que el emocionalismo religioso y el énfasis acrítico en el “amor propio” han contribuido a una forma de relativismo espiritual que debilita la noción bíblica de fidelidad. Frente a ello, se propone recuperar una comprensión del servicio a Dios basada en el compromiso, la obediencia y la inmutabilidad divina.
1. La insuficiencia del sentimiento como fundamento del servicio a Dios.
Desde una perspectiva bíblica, el servicio a Dios no se presenta como una respuesta condicionada al estado emocional del creyente, sino como un acto de obediencia constante. En Evangelio de Lucas 9:23 se establece: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. La expresión “cada día” introduce una dimensión de continuidad que trasciende la variabilidad del ánimo.
Asimismo, en Primera carta a los Corintios 15:58, el apóstol exhorta: “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”. La constancia, en este caso, no está vinculada a la emoción, sino a la firmeza en la convicción.
En este sentido, reducir el servicio a Dios al sentimiento implica subordinar lo objetivo a lo subjetivo. Como señala Søren Kierkegaard, la fe no puede fundamentarse en estados emocionales fluctuantes, sino en una decisión existencial que implica continuidad y compromiso. La emoción puede acompañar la fe, pero no puede constituir su fundamento.
2. Emocionalismo religioso y relativismo espiritual.
El énfasis contemporáneo en la autenticidad emocional se vincula con una forma de relativismo que desplaza la centralidad de la verdad objetiva. Si el criterio de acción es “lo que siento” o “lo que me hace bien”, entonces la práctica religiosa se vuelve dependiente del sujeto.
Este fenómeno ha sido ampliamente analizado por Alasdair MacIntyre, quien describe el “emotivismo” como una postura ética en la que los juicios morales se reducen a expresiones de preferencia personal. Aplicado al ámbito religioso, esto implica que el servicio a Dios deja de responder a una verdad trascendente y se convierte en una extensión de la subjetividad.
Desde la perspectiva bíblica, esta postura resulta incompatible con la enseñanza sobre la naturaleza de Dios. En Libro de Malaquías 3:6 se afirma: “Porque yo Jehová no cambio”. La inmutabilidad divina implica que la relación con Dios no puede estar determinada por la variabilidad humana.
3. Crítica al discurso contemporáneo del “amor propio”.
Otro elemento relevante es la incorporación de discursos centrados en la autoestima y el bienestar emocional dentro de la enseñanza cristiana. Aunque el cuidado personal no es intrínsecamente negativo, su absolutización puede distorsionar la orientación de la vida espiritual.
El texto de Segunda carta a Timoteo 3:1-2 advierte sobre tiempos en los que “habrá hombres amadores de sí mismos”. Esta referencia no condena el reconocimiento de la dignidad humana, sino la centralidad desordenada del yo.
En contraste, la enseñanza de Agustín de Hipona subraya que el amor debe ordenarse correctamente: el ser humano encuentra su plenitud no en la autoafirmación, sino en su orientación hacia Dios. En su obra Confesiones, Agustín afirma que el corazón humano permanece inquieto hasta que descansa en Dios, lo cual implica una descentralización del yo.
4. El servicio como compromiso: una recuperación teológica.
Frente a estas tendencias, resulta necesario recuperar una comprensión del servicio a Dios basada en el compromiso. Esto implica reconocer que la fidelidad no depende del estado emocional, sino de la convicción sostenida en el tiempo.
En Evangelio de Juan 14:15 se establece una relación directa entre amor y obediencia: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. El amor, en este contexto, no se reduce a un sentimiento, sino que se expresa en la acción constante.
Asimismo, Dietrich Bonhoeffer advierte contra una fe superficial basada en la gratificación inmediata, proponiendo en cambio una “gracia costosa” que implica discipulado, renuncia y perseverancia.
El servicio a Dios, por tanto, debe entenderse como una práctica que integra la voluntad, la razón y la fe, más allá de la emoción. La disciplina espiritual (oración, obediencia, permanencia) adquiere valor precisamente cuando no está sostenida por el entusiasmo.
Conclusión.
El predominio del emocionalismo y del relativismo en ciertos discursos eclesiales contemporáneos representa un desafío significativo para la comprensión del servicio a Dios. Al centrar la experiencia religiosa en el sentimiento, se debilita la noción de fidelidad y se distorsiona la relación con lo divino.
Frente a ello, la tradición bíblica y teológica ofrece una alternativa clara: el servicio a Dios como compromiso constante, fundamentado en la inmutabilidad divina y en la obediencia sostenida. Las emociones, aunque valiosas, deben ocupar un lugar subordinado.
En última instancia, una fe que depende del sentimiento está destinada a fluctuar. Pero una fe arraigada en el compromiso tiene la capacidad de permanecer, incluso en ausencia de emoción. Y es en esa permanencia donde el servicio a Dios encuentra su forma más auténtica.
Palomino.
Ilustración: Pierre Prud’hon. Retrato de Rutger Jan Schimmelpenninck y su familia. 1802.

